lunes. 12.04.2021

Museo Mateo Hernández, el grandioso legado de un escultor bejarano

Museo Mateo Hernández, el grandioso legado de un escultor bejarano

A menos de 200 metros del Palacio Ducal de Béjar, el Museo Mateo Hernández guarda historias  y hechos pocos conocidos, no solo por los salmantinos sino también por los bejaranos. Para poder hablar de lo que actualmente supone este museo, conviene conocer los orígenes y las manos por los que ha pasado antes de que las obras de escultor terminasen allí.

Historia

En el siglo XVI, el local que alberga el Museo era una de las diez iglesias de la ciudad de Béjar (actualmente son tres), y Teresa de Zuñiga decidió firmar un testamento para convertirlo en hospital particular. Más tarde, terminó siendo un centro de cuidados para peregrinos siempre y cuando no tuviesen una enfermedad contagiosa. Ya en el siglo XIX, se transformó en un aula de la Escuela Industrial de Béjar (actualmente Escuela de Ingenieros), donde, curiosamente, Mateo Hernández estudiaba escultura y dibujo. Se decidió impartir en este lugar las clases porque al parecer la luz era muy buena para el trabajo de los jóvenes. A mediados del siglo XX, se decidió trasladar allí el Ayuntamiento hasta que se mudó a la Plaza Mayor. Finalmente, en 1970 se crea un proyecto para construir el museo y en 1981, 32 años después del fallecimiento del escultor, tiene lugar la inauguración del mismo.

Antes de que las obras llegasen al museo estaban en el Palacio de Cristal de Madrid a la deriva; sin protección ni seguridad alguna. Más tarde se trasladó al Palacio Ducal y, finalmente, a su ubicación actual.

A lo largo de su historia el Museo también ha dado pie a hechos curiosos como el robo de los años 90, realizado por dos jóvenes bejaranos que querían demostrar que la seguridad del lugar era nula.

El Museo Mateo Hernández consta de tres edificios y en medio se sitúa el museo. Esta parte, consta de dos pisos. En el inferior encontramos las obras maestras del escultor mientras que en el superior están las menos sorprendentes. Además, cuenta con obras que pertenecen a Francisco González Macías, otro de los escultores bejaranos. El segundo de los edificios era la antigua capilla de la iglesia. Actualmente acoge exposiciones y podemos ver una de las obras más espectaculares del escultor que da nombre al museo, ‘Mateo Hernández sedente’, una obra que bien se podría comparar a las de Ramses II. En ella se aprecia al escultor sentado al modo de los antiguos faraones egipcios, cuna de su inspiración a la hora de esculpir. Por último, el tercer edificio, el de la torre de la vieja iglesia, acabó convertido en el reloj del pueblo del que se encargaba el Ayuntamiento.

La obra cumbre de Hernández, ‘La bañista’, se encuentra en el Museo Reina Sofía de Madrid y han sido pocas las ocasiones en las que los bejaranos han podido disfrutarla. Pese a ello, las piezas que hoy por hoy se exponen en el museo permiten apreciar de cerca las sinuosas formas de las que dota a los animales, utilizando una técnica de pulido frontal y dejando la parte trasera sin pulir. Evitar pulir muchas partes conscientemente le sirve para que la textura de los animales sea rugosa y poder recrear así el pelaje.

Tras una de sus obras favoritas, ‘El Aguila Imperial’, se esconde una historia única. Durante su estancia en París, los nazis entraron en su casa. Al encontrarse con esta obra, quisieron comprarla para así poder llevársela al propio Hitler. Hernández se negó por el enorme cariño que le profesaba a la obra.

Mateo Hernández

Nació en Béjar el 21 de Septiembre de 1884. Su padre, Casemiro Hernández, era cantero, hecho que probablemente le marcó a la hora de decidirse sobre que ser en la vida. Primero estuvo trabajando con su padre como sillero en Béjar y en Ledrada, además de esculpir escudos en las puertas de muchas casas.

Antes de ser escultor, tuvo una ligera vocación por ser novillero ganándose la vida en Extremadura y en Andalucía. Ya en 1905, contrajo matrimonio con Petra Téllez, y en 1906 conoce a Unamuno. La amistad que trabó con el famoso escritor, hizo que cuando se fuese a París en 1913 pudiese relacionarse con otros intelectuales. Por aquel entonces, los artistas soñaban con París dejando atrás todo lo hecho en vida, en el caso de Mateo Hernández, incluso dejando a su mujer y marchándose a la capital francesa.

Ya en París, va al taller de Auguste Rodin, pero no tuvo ningún éxito porque eran muchos los aprendices que estaban allí. Realiza muchas esculturas pero ninguna le otorga el éxito que se merecía. Fue entonces cuando conoció a FernandeCartonMillet, de la que se enamoraría posteriormente. Ella fue la que le pudo sostener económicamente y la que le dio una casa donde dormir y esculpir tranquilamente.

A lo largo de su vida, Mateo Hernández se rodeó de artistas como Miró y Picasso. Su arte se basó, al igual que el de ellos, en romper con el clasicismo que tanto le gustaba a la sociedad. No le gustaban los materiales moldeables, como hacían muchos artistas, sino que utilizaba roca dura que después pulía con arena. Su técnica se basó en esculpir la realidad, sobre todo animales y retratos, influenciado por el arte primitivista y egipcio. Para muchas personas, el hecho de esculpir retratos no les dice nada, pero para el escultor bejarano, era una forma de representar la eternidad humana, además de homenajear a las personas que habían llenado su vida.

Fallece el 25 de Noviembre de 1949 en la Villa de Meudon (a las afueras de París), dejando como legado de las obras al Estado Español y pidiendo ser enterrado en el municipio bejarano.

Museo Mateo Hernández, el grandioso legado de un escultor bejarano
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